La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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El de la bata dirigió una mirada a la Reina, sobre cuya fisonomía daba de lleno la luz que tenía en la mano, y se estremeció.

—¿Qué se os ofrece, caballero? —preguntó al de Malden.

—Caballero —contestó el guardia de corps—, no conocemos Varennes, y os rogamos que tengáis la bondad de indicarnos el camino de Stenay.

—Y si lo hago —dijo el desconocido—, se sabe que yo os he dado, las señas y soy perdido.

—¡Ah! —replicó el guardia de corps—, aun cuando debierais correr algún riesgo en hacernos ese servicio, sois demasiado cortés para dejar de favorecer a una dama que se halla en una situación peligrosa.

—La persona que está detrás de vos —añadió el hombre de la bata—, no es una dama, —y acercándose al oído del caballero Malden, añadió—: ¡Es la Reina, caballero, la he reconocido!

La Reina, que había oído o adivinado lo que acababa de decir, tocó en la espalda al caballero de Malden.

—Antes de ir más lejos —le dijo—, prevenid al Rey que me han reconocido.

El señor de Malden desempeñó la comisión en menos de un segundo.

—¡Bien! —contestó el Rey—, decid a ese hombre que venga a hablarme.


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