La Condesa de Charny

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Capítulo LXXXIX

Las palabras del Rey «Vamos a informarnos aquí», se explicaban por la proximidad de dos o tres casas, centinelas avanzadas de la parte alta de la ciudad, que se extendían sobre el lado derecho del camino.

Una de ellas, la más inmediata, se abrió al ruido de los carruajes, y un rayo de luz se dejaba ver por la abertura de sus dos hojas.

La Reina se apeó, tomó el brazo del caballero de Malden, y se dirigió a aquella casa, cuya puerta se cerró al acercarse a ella.

No lo fue, sin embargo, con tanta rapidez que el caballero de Malden, apercibiéndose de las inhospitalarias intenciones del dueño de ella, no hubiese tenido tiempo de adelantarse y de detener la puerta antes de que echase el pestillo.

No obstante la resistencia opuesta por la parte interior, la puerta se abrió al impulso dado por el caballero de Malden.

El que había hecho esfuerzos para cerrarla era un hombre de unos cincuenta años, cubierto con una bata, sin medias y en pantuflas.

Fácilmente se comprenderá que no sin admiración se vio rechazado dentro de su misma casa, cuya puerta se abría bajo la presión de un desconocido, tras el cual había una mujer.


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