La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Y sin embargo, para estimular su ardor presentía que el carruaje del Rey marchaba delante de él. Y decimos presentía, porque eran como las nueve y media, y aunque esto ocurría en los días más largos del año, la noche empezaba ya a cerrar.

Drouet redobló sus espolazos y castigó más y más con la fusta a su caballo.

Se hallaba ya sólo a tres cuartos de legua de Clermont; pero Charny estaba sólo a doscientos pasos de él.

Drouet sabía perfectamente que en Varennes no había caballos de postas, y el Rey indudablemente continuaría su viaje por Verdún. Empezaba, pues, a desesperar; antes de alcanzar al Rey, iba a ser alcanzado él.

A una media legua de Clermont, oía ya el galope y los relinchos del caballo de Charny, que estrechaba su carrera y contestaba a los relinchos del suyo.

Necesario era renunciar a su empeño o hacer frente a su adversario; y Drouet, como hemos dicho, no tenía armas.

De repente, y cuando Charny se hallaba sólo a cincuenta pasos de él, unos postillones que volvían con caballos de relevo cruzan a su lado; Drouet los reconoce por los que conducían los carruajes del Rey.

—¡Eh! —les dijo—, ¿sois vosotros?… Camino de Verdún, ¿no es verdad?

—¡Cómo camino de Verdún! —contestaron.


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