La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Digo —repitió Drouet—, que los carruajes que habéis conducido han tomado el camino de Verdún.
Y siguió adelante, apretando su caballo hasta el último extremo.
—¡No —gritaron los postillones—, el de Varennes!
Drouet dio un rugido de gozo.
¡Él se habÃa salvado y el Rey estaba perdido!
Si este hubiese tomado el camino de Verdún, él se hubiera visto forzado a seguir en lÃnea recta, porque tal es la dirección del camino desde Sainte-Menehould a Verdún; pero el Rey se dirigÃa a Varennes, y el camino a esta última ciudad se inclinaba a Clermont hacia la izquierda y formaba casi un ángulo agudo.
Drouet se lanza, pues, en dirección a la selva de Argonne, cuyos senderos conoce, y cortándola diagonalmente ganará un cuarto de hora y la oscuridad del bosque lo protegerá.
Charny, que conoce la topografÃa del paÃs casi tan bien como Drouet, comprende que este se le escapa, lanza a su vez un grito de cólera y dirige, casi al mismo tiempo que él, su caballo hacia el bosque, que una estrecha llanura separa del camino, gritando:
—¡Detente, detente!