La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—¡Bien! Entonces, señora baronesa —añadió el Rey dirigiéndose a madame Tourzel—, tened la bondad de buscar nuestro pasaporte y mostrarlo a estos señores.

Madame de Tourzel comprendió lo que el rey quería decirle, y se puso a buscar, en efecto, el pasaporte, pero en los bolsillos en que no estaba.

—Bien lo veis —exclamó una voz impaciente y amenazadora—, bien lo veis que no tienen pasaportes.

—Sí, señores, sí; tenemos uno —contestó la Reina—, pero ignorábamos que se nos perdería, y la baronesa de Korff no sabe lo que ha hecho de él.

—Hay una cosa bastante más sencilla de hacer —dijo Sausse—. ¡Postillones, conducid el carruaje a mi almacén; estas señoras y estos caballeros entrarán en mi casa, y todo se aclarará allí! ¡Postillones, en marcha! ¡Señores guardias nacionales, escoltad el carruaje!

Esta invitación se parecía demasiado a una orden, para tratar de oponerse a ella. Por otra parte, si se hubiera intentado hacerlo, nada se habría conseguido.

El toque de rebato continuaba, el toque de generala no había cesado, y la multitud que rodeaba el coche crecía por momentos.

El carruaje se puso en movimiento.


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