La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Señores —dijo—, estoy pronto a confiarme a vos y a los que os acompañan; pero defendednos de las brutalidades de estas gentes.

Y mostró a los hombres armados de fusiles.

—¡Bajad las armas! —gritó Hannonet.

Los hombres obedecieron murmurando.

—Excusadnos, caballero —dijo el síndico del ayuntamiento dirigiéndose al Rey—, pero corren rumores de que Su Majestad Luis XVI trata de huir, y es nuestro deber asegurarnos de si es cierto.

—¡Aseguraros de si es cierto! —exclamó Isidoro—. Si, en efecto, fuese el rey el que va en ese carruaje, deberíais poneros a sus pies; si, por el contrario es un simple particular, ¿con qué derecho lo detenéis?

—Caballero —dijo Sausse, dirigiéndose al Rey— a vos es a quien yo hablo, ¿queréis tener la bondad de contestarme?

—Conviene ganar tiempo, señor —dijo Isidoro en voz baja—; el caballero de Damas y sus dragones nos siguen sin duda y no deben tardar.

—Sí, tenéis razón —contestó el Rey.

Y respondiendo a Sausse, dijo:

—Y si nuestros pasaportes están en regla, ¿nos dejaréis continuar nuestro camino?

—Sin duda —contestó Sausse.


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