La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—¡A fe mía esos son muchos melindres! —exclamó apuntando hacia el rey, el hombre cuyo fusil había marrado antes.

Los dos guardias de corps se arrojaron sobre él y le echaron al suelo.

En la lucha el tiro salió, pero la bala no hirió a nadie.

—¡Hola! ¿Quién ha tirado? —gritó una voz.

El hombre que los guardias de corps tenían entre sus pies, dio un rugido, gritando:

—¡A mí!

Los otros cinco o seis hombres armados acudieron a su socorro, mientras que los guardias de corps, tirando de sus cuchillos de monte, se aprestaban a combatir.

El Rey y la Reina hacían inútiles esfuerzos para contener a los unos y a los otros. La lucha iba a comenzar terrible, encarnizada, mortal.

Dos hombres, ceñido el uno con la faja tricolor, vestido de uniforme el otro, se precipitaron en aquel momento en medio de la refriega.

El primero era Sausse, síndico del ayuntamiento; el segundo era Hannonet, comandante de la guardia nacional.

Tras ellos, y al resplandor de dos o tres antorchas, se veía brillar una veintena de fusiles.

El Rey comprendió que en aquellos dos hombres había, si no un socorro, garantía al menos.


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