La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Uno de ellos estaba dirigido al pecho de la Reina. Isidoro lo ve, se lanza a él, coge el cañón y lo separa.

—¡Fuego, fuego! —gritan varias voces.

Uno de aquellos hombres obedece; felizmente el tiro marró.

Isidoro, armado con su cuchillo de monte, alza el brazo para asesinarlo; la Reina lo detiene.

—¡Ah, señora! —exclamó furioso Isidoro—. ¡En nombre del cielo, dejadme cargar a esta canalla!

—No, caballero —dijo la Reina—, envainad vuestro cuchillo. ¿Lo oís?

Isidoro obedeció a medias, dejándolo caer.

—¡Ah! ¡Si encuentro otra vez a Drouet! —murmuró el vizconde.

—En cuanto a ese —dijo la Reina a media voz, y apretándole la mano de una manera extraña—, en cuanto a ese, os lo dejo.

—Pero, en fin, señores —volvió a decir el Rey—, ¿qué se quiere de nosotros?

—Queremos ver los pasaportes —contestaron dos o tres voces.

—¿Los pasaportes? —replicó el Rey—, bien; id a buscar las autoridades de la ciudad y se los enseñaremos.


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