La Condesa de Charny
La Condesa de Charny El viaje de Drouet empezaba a producir efecto.
—¡Ah, miserable! —exclamó Isidoro, rechinando los dientes—. ¡Si vuelvo a encontrarle!
Y con un esfuerzo inaudito echó a un lado una de las carretas, mientras que Malden y Valory empujaban la otra.
Quedaba aún la tercera.
—¡A la última, señores! —continuó Isidoro.
Y al mismo tiempo el carruaje entró en la bóveda.
De repente, y por entre los adrales de la última carreta, se vieron pasar los cañones de cuatro o cinco fusiles.
—¡Un paso más o sois muertos! —gritó una voz.
—Señores, señores —dijo el Rey, asomándose a la portezuela—, no tratéis de forzar el paso, os lo mando.
Los dos oficiales e Isidoro dieron un paso atrás.
—¿Qué se quiere de nosotros? —preguntó el Rey.
Al mismo tiempo se oyó dentro del carruaje un grito de espanto.
Además de los hombres que interceptaban el paso del puente, otros dos o tres se deslizaban al mismo tiempo por detrás del carruaje y asomaban a las portezuelas los cañones de sus fusiles.