La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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La Reina vio brillar las tres hojas y lanzó un grito.

—¡Por piedad, señores —exclamó—, por piedad!…

Y dirigiéndose a los postillones, dijo:

—¡Amigos míos, cincuenta luises, que dividiréis inmediatamente entre los tres, y una pensión de quinientos francos para cada uno, si salváis al rey!

Intimidados por la demostración de los tres jóvenes, seducidos por este ofrecimiento, los postillones lanzaron los caballos y continuaron el camino.

El señor De Prefontaine entró en su casa y se atrincheró en ella.

Isidoro galopa delante del carruaje; se trata de atravesar la bóveda y de pasar el puente; salvados uno y otro, cinco minutos bastan para llegar a la posada del Gran Monarca.

El carruaje toma, al escape, la pendiente que conduce a la parte baja de la ciudad.

Pero al llegar a la bóveda que comunica con el puente y que pasa por debajo de la torre, se aperciben de que una de las hojas de la puerta está cerrada.

La abren, pero tres carretas obstruyen el puente.

—¡A mí, señores! —dice Isidoro saltando del caballo y dirigiéndose hacia las carretas.

En aquel momento se oyen los primeros redobles de un tambor y comienza el toque de rebato.


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