La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Hubo un instante de abatimiento inexplicable para todos aquellos desgraciados detenidos en medio de un camino y amenazados de un peligro desconocido, pero terrible.
Isidoro salió de él el primero.
—Señor —dijo—, muerto o vivo, no pensemos más en mi hermano; pensemos en Vuestra Majestad, pues no hay un momento que perder. Los postillones conocen la posada… ¡al galope, a la posada del Gran Monarca!
Los postillones no se movieron.
—¿No habéis oÃdo? —preguntó Isidoro.
—SÃ, por cierto.
—¿Por qué no marcháis entonces?
—Porque el señor Drouet lo ha prohibido.
—¡Cómo que el señor Drouet lo ha prohibido! Y cuando el rey manda y el señor Drouet prohÃbe, ¿obedecéis al señor Drouet?
—Obedecemos a la nación.
—Señores —dijo Isidoro, dirigiéndose a sus dos compañeros—, hay momentos en que la vida de un hombre nada vale… Encargaos cada cual de uno de esos, que yo me encargo de este; nosotros mismos conduciremos los carruajes.
Y cogiendo al postillón por el cuello, acercó a su pecho la punta de su cuchillo de monte.
