La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Pero en vez de la alegrÃa que pensaba ocasionar a los ilustres viajeros, los halló sumidos en el más profundo estupor.
El señor De Prefontaine se lamenta; los dos guardias de corps amenazan algo invisible y desconocido. Isidoro se detiene a mitad de su relato.
—¿Qué ha ocurrido, caballero? —preguntó.
—¿No habéis visto en esa calle —dijo el rey—, un hombre que pasaba al galope?
—Lo he visto, señor.
—Pues ese hombre es Drouet.
—¡Drouet! —prorrumpió Isidoro con un grito desgarrador—, ¡entonces… mi hermano ha muerto!
La Reina lanzó un gemido y ocultó la cabeza entre sus manos.