La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Señor Remy, marchad por el camino de Varennes a escape, y alcanzad los coches que acaban de pasar; me respondéis con vuestra cabeza.

El cuartel maestre picó espuelas y partió con cuatro dragones y los furrieles; pero al salir de Clermont, llegado a un sitio donde el camino se bifurcaba, tomó el que no debía y se extravió.

¡Todo fue fatal en aquella noche funesta!

En la plaza, la tropa se formaba lentamente; los municipales encerrados por el señor Damas habían salido fácilmente de su prisión forzando la puerta, y excitaban al pueblo y a la guardia nacional, que se reunía con muy diferente entusiasmo que el de los dragones y con más imponente actitud. Al menor movimiento que el señor de Damas hacía, observaba que le apuntaban tres o cuatro fusiles, de los cuales era siempre el blanco, lo cual no dejaba de inquietarle. Veía a sus soldados pensativos y recorría sus filas para reanimar su celo en favor del Rey, pero aquellos movían la cabeza. Aunque no se hallasen todos reunidos, juzgó que ya era hora de marchar y dio la orden, pero nadie se movió. Entretanto los concejales gritaban:

—¡Dragones, vuestros oficiales son traidores y os llevan a la matanza!… ¡Viva los dragones!

En cuanto a los guardias nacionales y al pueblo, gritaban:

—¡Viva la nación!


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