La Condesa de Charny

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Leonardo, en efecto, era un huésped sobrado molesto; no sólo hablaba alto, sino que acompañaba sus palabras de una pantomima de las más expresivas, la cual, gracias a las enormes alas de su sombrero y a la desmesurada anchura de su hopalanda, tomaba una forma grotesca, cuyo ridículo recaía, aunque fuese poco, sobre sus interlocutores.

El señor de Bouillé tenía, pues, extremada prisa en desembarazarse de Leonardo. Llamó, por consiguiente, al posadero del Gran Monarca, le rogó buscase caballos que condujeran al viajero hasta Dun, y hecha esta recomendación abandonó a Leonardo a su suerte, diciéndole —y era verdad— que iba a buscar noticias.

Los dos oficiales, los señores de Bouillé y de Raigecourt, se internaron efectivamente en la ciudad, cruzáronla del uno al otro extremo, se adelantaron un cuarto de legua por el camino de París, y no observando ni oyendo nada, comenzaron a creer que, en efecto, el rey, cuya llegada se habría retrasado ocho o diez horas, no pasaría ya.

Por lo tanto, se retiraron a la fonda.

Eran las once y Leonardo acababa de partir.

Muy inquietos ya por la tardanza, aun antes de haber oído al peluquero de la Reina, habían enviado, a eso de las nueve, una ordenanza. Fue el que vimos cruzarse con los coches a la salida de Clermont y llegar a casa del caballero de Damas.


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