La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Al contrario, señora, vengo casi solo: el caballero Dandoins ha sido detenido con sus dragones en el Ayuntamiento de Sainte-Menehould; el conde de Damas ha sido abandonado por los suyos…
La Reina movió tristemente la cabeza.
—Pero ¿dónde está —continuó el duque—, el caballero de Bouillé? ¿Dónde está el señor de Raigecourt?
Y en tanto los buscaba mirando en derredor suyo.
El Rey se acercó.
—Ni he visto siquiera a esos caballeros —dijo.
—Señor —contestó el duque—, os doy mi palabra que los creÃa muertos bajo las ruedas de vuestro carruaje.
—Y ¿qué hacer? —preguntó el Rey.
—¡Salvaros, señor! —contestó el conde de Damas—. Dadnos vuestras órdenes.
—Señor —repuso el duque de Choiseul—, tengo conmigo cuarenta húsares; han andado veinte leguas en el dÃa, pero podrán ir aún hasta Dun.
—Pero nosotros… —añadió el Rey.