La Condesa de Charny

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—He aquí, señor —prosiguió el duque—, lo único que puede hacerse. De los cuarenta húsares de que dispongo, haré desmontar siete. Vos, señor, montaréis en uno, llevando al delfín en vuestros brazos; Su Majestad la Reina ocupará otro; madame Isabel, madame Royale, las señoras de Tourzel, de Neuville y Brunier, harán lo mismo… Os rodearemos con los treinta y tres húsares restantes, nos abriremos paso a sablazos, y tendremos una probabilidad de salvarnos. Pero, reflexionando bien, señor; es medida que debe ser adoptada inmediatamente si se adopta. En una hora, en medía, antes de un cuarto de hora quizá, pueden ser ganados mis húsares.

El duque guardó silencio esperando la respuesta del Rey, a quien la Reina, que parecía aprobar el proyecto, interrogaba con su mirada.

Pero Luis XVI, por el contrario parecía huir la mirada de la Reina, y esquivar la influencia que en su determinación pudiera ejercer.

Mirando, al fin, al duque de Choiseul, dijo:

—Sí, ya sé que es un medio, y acaso el sólo. Pero ¿podéis responderme de que en esta horrible sarracina de treinta y tres hombres contra setecientos o más no habrá un tiro que mate a mi hijo o a mi hija, a mi mujer o a mi hermana?


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