La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La alcoba había cambiado de aspecto.
Madame Royale no había podido resistir el cansancio, y madame Isabel y madame Tourzel la habían acostado junto a su hermano.
La pobre niña se había quedado dormida.
Madame Isabel, de pie junto a la cama, apoyaba su cabeza en uno de los ángulos de aquella.
La Reina, dominada por la cólera, estaba en pie junto a la chimenea mirando alternativamente al rey, que se había sentado sobre uno de los fardos de géneros que había en el suelo, y a los cuatro oficiales que deliberaban cerca de la puerta.
Una mujer octogenaria estaba de rodillas, como ante un altar, al pie de la cama en que estaban acostados los dos niños; era la abuela del síndico del Ayuntamiento, que admirada de la belleza de aquellos y del aire imponente de la Reina, se había arrodillado, se deshacía en lágrimas y rezaba.
¿Rogaba a Dios que perdonase a aquellos dos ángeles, o que estos perdonasen a los hombres?
El señor Sausse y los otros diputados se habían retirado, prometiendo al rey que iban a engancharse los caballos en los carruajes.
