La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Pues bien, señores —continuó el duque—, he aquí lo que hay que hacer: a los primeros tiros que oigamos, tos primeros gritos que resonarán alrededor nuestro, nos, precipitaremos en la antecámara; mataremos a cuantos hallemos en ella y nos apoderaremos de las ventanas. Hay tres, y tres de nosotros las defenderán; los otros siete se colocarán por grados en la escalera, cuya forma de caracol la hace fácil defensa, puesto que un sólo hombre puede hacer frente en ella a seis sitiadores; y hasta los mismos cadáveres de los que mueran servirán de muralla a los demás. Hay, pues, cien probabilidades contra una de que las tropas serán dueñas de la ciudad antes que seamos degollados hasta el último; y si debiésemos serlo, el lugar que ocuparemos en la historia será sobrada bella recompensa de nuestra lealtad.

Los jóvenes se estrecharon mutuamente la mano, como debieron hacer los espartanos en el momento del combate; luego se señaló a cada uno su puesto en la batalla: los dos guardias e Isidoro de Charny, cuyo lugar se reservaba, aunque ausente, en las tres ventanas que daban a la calle; el señor de Choiseul, al pie de la escalera; detrás el conde de Damas; luego el señor de Floirac, el señor de Foucq, y los otros dos sargentos segundos del regimiento de dragones que habían permanecido fieles al señor de Damas.


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