La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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La Reina lanzó un grito terrible; estuvo a punto de dejar escapar al delfín de entre sus brazos y se hizo atrás. Por esto no puedo ver un nuevo jinete que llegaba a todo escape de la parte de Dun, y que entraba, por decirlo así, en la estela que acababa de trazar en la multitud el paso del pobre Isidoro.

El Rey se retiró en pos de la Reina y cerró la ventana.

No eran ya algunas voces las que gritaban: «¡Viva la nación!». No eran ya los húsares de a pie; era la multitud entera, y con ella los veinte húsares que habían quedado fieles, única esperanza de la angustiada dignidad real.

La Reina fue a arrojarse en un sillón, con la cabeza entre sus manos, pensando en que había visto morir por ella y a sus pies a Isidoro de Charny, como había visto morir a Jorge. De repente, un rumor producido en la puerta la hizo alzar los ojos.

No intentaremos describir lo que pasó en un segundo en aquel corazón de mujer y de Reina.

Oliverio de Charny, pálido y ensangrentado por el último abrazo de su hermano, estaba en el dintel.

En cuanto al rey, parecía anonadado.


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