La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La alcoba estaba llena de guardias nacionales y de personas extrañas que la curiosidad había atraído.
María Antonieta se vio, pues, retenida en su primer movimiento, que hubiera sido salir al encuentro de Charny, hacer desaparecer con su pañuelo la sangre de que estaba cubierto, y decirle algunas de esas palabras consoladoras que llegan al corazón porque del corazón han nacido.
Pero sólo pudo levantarse de su asiento, extender hacia él su brazo y murmurar:
—¡Oliverio!…
Charny, melancólico y sosegado, hizo una seña a los extraños, y con voz mesurada, pero firme, dijo:
—Perdón, señores, necesito hablar a Sus Majestades.
Los guardias nacionales intentaron contestar que estaban, por el contrario, allí para impedir que el rey comunicase con personas del exterior; Charny cerró sus labios frunció el entrecejo, desabrochó su levita, que al abrirse dejó ver un par de pistolas, y repitió con voz quizá más mesurada, pero por lo mismo más amenazadora:
—Señores, he tenido el honor de deciros que tenía que hablar particularmente a Sus Majestades.
Y al mismo tiempo hacía con la mano a los extraños seña de que saliesen.
