La Condesa de Charny
La Condesa de Charny A esta voz y a esta fuerza que Charny, ejerciéndola sobre sà mismo, ejercÃa sobre los demás, el señor de Damas y los dos guardias de corps recobraron toda su energÃa un momento alterada, y llevando ante sà a los guardias nacionales y a los curiosos, hicieron despejar la alcoba.
La Reina comprendió entonces de qué utilidad hubiera sido semejante hombre en el carruaje del rey, si la etiqueta no hubiese exigido que madame de Tourzel subiese en lugar suyo.
Charny miró en su derredor para asegurarse de que, por el momento, sólo quedaban servidores fieles cerca de la Reina, y acercándose a ella, dijo:
—Señora, heme aquÃ… En la puerta de la ciudad tengo sesenta húsares, con los, cuales creo poder contar. ¿Qué me ordenáis, señora?
—¡Oh! Ante todo —dijo la Reina en alemán—, ¿qué os ha ocurrido, Charny?
Este hizo a la Reina una seña, indicándola que el caballero de Malden estaba allà y que hablaba en alemán.
—No viéndoos volver —prosiguió la Reina en francés—, os hemos creÃdo muerto.
—¡Desgraciadamente, señora —contestó Charny con profunda melancolÃa—, no soy yo aún el que ha muerto… sino mi pobre hermano Isidoro!
Y no pudo contener una lágrima.