La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Una me ha ocurrido, en efecto, y bien grande… No obstante mis esfuerzos, no pude darle alcance a tiempo; por un postillón que regresaba, supo que los carruajes de Vuestra Majestad, que él creía iban por el camino de Verdún, habían tomado el de Varennes. Entonces se internó en el bosque de Argonne; disparé dos veces sobre él, pero las pistolas no estaban cargadas; en Sainte-Menehould había tomado el caballo del señor de Dadoins en vez del mío… ¡Qué queréis, señora! ¡Una fatalidad!… No por eso dejé de perseguirlo en la selva; pero yo ignoraba el camino y él conocía hasta los senderos; la oscuridad se hacía además más intensa a cada momento… En tanto que pude verlo, lo seguí como se sigue a una sombra; en tanto que pude oírlo, lo perseguí por el ruido; pero el ruido se extinguió, se desvaneció la sombra, y me hallé solo, perdido en la selva, extraviado en las tinieblas… ¡Oh! Bien me conocéis, señora; ¡en este momento no lloro!… ¡En medio de la selva, en medio de la oscuridad, he derramado lágrimas de rabia, he lanzado gritos de desesperación!

La Reina le tendió la mano.

Charny se inclinó y tocó con sus labios aquella mano trémula.


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