La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Quise perseguirle, pero ya estaba lejos. TenÃa él un buen caballo, estaba armado y yo no. Un instante hubo en que mis dientes rechinaban de cólera al ver aquel rey que escapaba de Francia, y aquel raptor que se me escapaba a mÃ; pero de repente me ocurrió una idea: «Yo también he prestado un juramento a la nación, me dije, y aunque el rey quebrante el suyo, yo cumpliré el mÃo… ¡A fe mÃa que sÃ! No estoy más que a diez leguas de ParÃs; son las tres de la mañana, y con un buen caballo es asunto de horas. Hablaré de esto con el señor Bailly, que es hombre de bien y que parece pertenecer al partido de los que cumplen sus juramentos». Decidido esto, y para no perder tiempo, rogué a mi amigo el maestro de postas de Meaux (aunque sin decirle, por supuesto, lo que trataba de hacer) que me prestase su uniforme de guardia nacional, su sable y sus pistolas; tomé el mejor caballo de su cuadra, y en vez de marchar al trote a Villers-Cotterêts, salà al galope para ParÃs. ¡A fe mÃa que llegué a tiempo! Se sabÃa ya la fuga del rey, pero no la dirección en que huÃa. El señor de Romeuf habÃa sido enviado por el general Lafayette hacia Valenciennes, pero ¡ved lo que es la casualidad! Detenido en la Barrera, pudo obtener que lo condujesen a la Asamblea nacional, en la cual entraba en el momento mismo en que el señor de Bailly, informado por mÃ, daba detalles circunstanciados sobre el itinerario de Su Majestad. No habÃa, pues, otra cosa que hacer sino expedir una orden bien terminante. El señor de Romeuf fue enviado en dirección a Châlons, y yo recibà el encargo de acompañarlo, que cumplà como veis… Ahora —añadió Billot con aire sombrÃo—, he alcanzado al rey, que me ha engañado como francés, y estoy tranquilo, pues no se me escapará. Ahora me falta alcanzar al que me ha engañado como padre, y os juro, señor conde, que no se escapará tampoco.