La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Oh!, apreciable Billot —dijo Charny suspirando—, os engañáis.
—¿Cómo es eso?
—¡Digo que el desgraciado de quién habláis, se os ha escapado!
—¿Ha huido?… —exclamó Billot con una indescriptible expresión de rabia.
—¡No —dijo Charny—, ha muerto!
—¿Muerto?… —exclamó Billot, estremeciéndose a su pesar y enjugando el sudor que empezaba a inundar su frente.
—¡Muerto! —repitió Charny—. ¡Y esta sangre, que hace un momento tenÃais razón en comparar con la que os cubrÃa en el patio de Versalles, esta sangre era la suya!… Y si lo dudáis, señor Billot, bajad y hallaréis su cuerpo tendido en un patio pequeño muy semejante al de Versalles, y muerto por igual causa que aquella de que fue vÃctima su hermano.
Billot miró con ojos extraviados y fisonomÃa azorada a Charny, que le hablaba con voz serena, mientras que dos gruesas lágrimas se deslizaban por sus mejillas.
De repente profirió un grito.
—¡Ah! —exclamó—, ¿conque hay una justicia en el cielo?
Y precipitándose afuera de la habitación, el honrado Billot dijo: