La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Os creo, señor conde, pero no importa, voy a cerciorarme por mis ojos de que se ha hecho justicia.
Charny le vio alejarse, ahogó un suspiro y enjugó sus lágrimas.
Después, comprendiendo que no podía perderse ni un minuto, entró precipitadamente en la habitación donde se hallaba la reina, y dirigiéndose a ella, preguntóle en voz baja:
—¿El señor de Romeuf?
—Es nuestro —contestó, la reina.
—Me alegro —dijo Charny—, porque del otro nada puede esperarse.
—¿Qué hacer entonces? —preguntó la reina.
—Ganar tiempo, señora, hasta que llegue el señor de Bouillé.
—Pero ¿llegará?
—Sí, pues yo mismo voy a buscarle.
—¡Oh!, no… —exclamó la reina—, las calles están obstruidas, os conocen ya y no os dejarán pasar, no pasaréis, no, porque primero os asesinarán… ¡Oliverio! ¡Oliverio!
Pero Charny, sonriendo, abrió sin contestar la ventana que daba al jardín, dirigió una última promesa al rey, un último saludo a la reina, y franqueó los quince pies que lo separaban del suelo.