La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Es el duque de Choiseul…! ¡Es uno de los que trataban de llevarse al rey…! ¡Muera el aristócrata! ¡Muera el traidor!
Sabida es la rapidez con que en las conmociones populares la ejecución sigue a la amenaza.
Arrancado de la silla y derribado hacia atrás, el duque desapareció en aquel remolino terrible que se llama la multitud, y del cual, en aquella época de mortales pasiones, tan sólo se salÃa hecho pedazos.
Pero al mismo tiempo que caÃa, precipitábanse en su auxilio cinco personas, el señor de Damas, el de Floirac, el de Romeuf, el ayudante Foucq y su criado Jaime Brisack, de cuyas manos se acababa de arrancar el caballo que conducÃa.
Hubo entonces un instante de refriega terrible, semejante a los combates que los pueblos de la antigüedad y los árabes de nuestros dÃas sostienen alrededor de los ensangrentados cuerpos de sus heridos o de sus muertos. Afortunadamente, y contra toda probabilidad, el señor de Choiseul no estaba ni muerto ni herido; y si lo estaba, sus heridas eran leves, no obstante las peligrosas armas que las habÃan causado.