La Condesa de Charny

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Capítulo XCIX

Sin embargo, la familia real continuaba su camino hacia París, siguiendo lo que podemos llamar la vía dolorosa.

¡Ah! Luis XVI y María Antonieta tuvieron también su calvario. ¿Redimieron ellos, por aquella pasión terrible, las culpas de la monarquía, como Jesucristo redimió con la suya las de los hombres? Acaso el porvenir resolverá este problema, cuya incógnita no ha despejado aún el pasado.

Caminaban despacio, porque los caballos debían marchar al paso de la escolta, que, compuesta en su mayor parte, como hemos dicho, de hombres armados de horquillas, fusiles, hoces, sables y picas, se completaba con una considerable multitud de mujeres y chiquillos; las mujeres levantaban en alto a sus hijos para que viesen aquel rey a quien se conducía por fuerza a la capital, y que sin esta circunstancia, probablemente no habrían visto jamás.

En medio de aquella multitud que avanzaba por el camino desbordándose a uno y otro lado en la llanura, el gran carruaje del rey, seguido del cabriolé en que iban las señoras Brunier y la de Neuville, parecía un buque perdido con su chalupa en medio de las furiosas olas a punto de absorverle.


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