La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Sin embargo, la familia real continuaba su camino hacia ParÃs, siguiendo lo que podemos llamar la vÃa dolorosa.
¡Ah! Luis XVI y MarÃa Antonieta tuvieron también su calvario. ¿Redimieron ellos, por aquella pasión terrible, las culpas de la monarquÃa, como Jesucristo redimió con la suya las de los hombres? Acaso el porvenir resolverá este problema, cuya incógnita no ha despejado aún el pasado.
Caminaban despacio, porque los caballos debÃan marchar al paso de la escolta, que, compuesta en su mayor parte, como hemos dicho, de hombres armados de horquillas, fusiles, hoces, sables y picas, se completaba con una considerable multitud de mujeres y chiquillos; las mujeres levantaban en alto a sus hijos para que viesen aquel rey a quien se conducÃa por fuerza a la capital, y que sin esta circunstancia, probablemente no habrÃan visto jamás.
En medio de aquella multitud que avanzaba por el camino desbordándose a uno y otro lado en la llanura, el gran carruaje del rey, seguido del cabriolé en que iban las señoras Brunier y la de Neuville, parecÃa un buque perdido con su chalupa en medio de las furiosas olas a punto de absorverle.
