La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —He contestado, señora, que creÃa mi presencia más necesaria en ParÃs que en TurÃn, sobre todo en este momento; que cualquiera podÃa encargarse de la misión con que se querÃa honrarme, y que tenÃa precisamente un hermano que acababa de llegar de provincias, dispuesto a ponerse a las órdenes de Su Majestad y a marchar en lugar mÃo.
—¿Y sin duda, caballero, la Reina se habrá alegrado, aceptando la proposición? —exclamó Andrea con una expresión de amargura que no pudo reprimir, y que no pasó desapercibida para Charny.
—No, señora, todo lo contrarÃo, pues mi negativa la ofendió al parecer; de modo que hubiera debido marchar, si por fortuna no hubiese entrado el Rey en aquel momento, permitiéndome tomarle por juez en la cuestión.
—¿Y el Rey se ha declarado en vuestro favor, caballero? —preguntó Andrea con una sonrisa irónica—. ¿Opinó, como vos, que debÃais permanecer en las TullerÃas?… ¡Oh!, ¡el monarca es tan bueno!
Charny repuso sin pestañear:
—El Rey dijo que mi hermano Isidoro era, en efecto, muy conveniente para aquella misión, tanto más cuanto que, llegado por primera vez a la corte, y casi también a ParÃs, su ausencia no serÃa notada. Añadió que serÃa una crueldad en la Reina exigir que me alejase de vos en semejante momento.