La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Haced como gustéis —dijo la reina—, pues sois los más fuertes…; pero tened en cuenta que ninguna voz grita tan alto ¡desgracia!, como la voz débil de los niños.

La comitiva prosiguió su marcha.

Cuando se atravesó la ciudad, la escena fue cruel; el entusiasmo que excitaba la presencia de Drouet, a quien se debía la detención de los prisioneros, hubiera sido una lección terrible para estos, si lecciones hubiese para los reyes; pero en aquellos gritos, Luis XVI y María Antonieta no veían sino un ciego furor; en aquellos hombres, patriotas convencidos de que salvaban la Francia, el rey y la reina tan sólo veían rebeldes.

El rey estaba aterrado; la reina tenía la frente bañada por el sudor de la vergüenza y de la cólera; madame Isabel, ángel del cielo extraviado en la tierra, rezaba en voz baja, no por ella, sino por su hermano, por su cuñada, por sus sobrinos y por todo el pueblo. La regia santa no sabía separar a los que consideraba víctimas de los que miraba como a verdugos, y en una misma invocación ponía unos y otros a los pies del Señor.

Al entrar en Saint-Menehould, la oleada que, semejante a una inundación, cubría toda la llanura, no pudo penetrar por la estrecha calle.


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