La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Desgraciadamente, de todas las poblaciones escalonadas en el camino, Saint-Menehould era quizá la que se habÃa sublevado más encarnizadamente contra aquella infortunada familia que llevaban prisionera.
Ningún caso hicieron de la orden del rey; se obedeció en cambio a la que en contrario dio Billot para que enganchasen nuevos caballos.
El delfÃn lloraba, y en medio de sus sollozos decÃa: «Estoy malo… ¿por qué no me desnudan y me acuestan en mi cama?».
La reina no pudo resistir a estas quejas, y su orgullo se abatió un instante.
Tomó en sus brazos al joven prÃncipe, lloroso y presa de la fiebre, y mostrándole al pueblo exclamó:
—¡Señores, por piedad para este niño, deteneos!
Los caballos estaban en el carruaje.
—¡En marcha! —gritó Billot.
—¡En marcha! —repitió el pueblo.
Y como el labrador pasase por delante de la portezuela para ir a ocupar su puesto a la cabeza del cortejo, la reina, dirigiéndose a él, exclamó:
—¡Forzoso es, os repito, que no tengáis hijos!
—Y yo os repetiré, señora —contestó Billot con voz y mirada siniestra—, que los he tenido y ya no los tengo.