La Condesa de Charny
La Condesa de Charny De alegrÃa, porque la regocijaba ver que el conde habÃa escapado de los peligros a que debió exponerse en su fuga, tanto mayores cuanto que la realidad, sin particularizar ninguna, dejaba el pensamiento libre para suponerlos todos.
De dolor, en fin, porque comprendÃa que, viendo a Charny volver solo y en aquel estado, debÃa renunciar a toda especie de socorro de parte de los señores de Bouillé.
Por lo demás, la multitud pareció respetar a aquel hombre, a causa de su mismo atrevimiento.
Al rumor que su llegada produjo en torno del carruaje, Billot, que marchaba a la cabeza de la escolta, se volvió y reconoció a Charny.
—¡Ah! —murmuró—, me alegro que no le haya sucedido nada; pero desgraciado del insensato que intente ahora hacerle daño, porque se arrepentirá de ello.
Las dos de la tarde eran cuando llegaron a Saint-Menehould.
La falta de sueño durante la noche en que salieron de ParÃs, y el cansancio y las emociones de las que acababan de pasar, se hacÃan sentir para todos, y especialmente para el delfÃn. Al llegar a Saint-Menehould, el pobre niño fue acometido de una fiebre violenta.
El rey mandó hacer alto.