La Condesa de Charny
La Condesa de Charny De todos los cautivos que conducía aquella prisión ambulante, dos se hallaban más particularmente expuestos a la cólera de la turba y eran blanco de sus amenazas: los dos desgraciados guardias sentados en el espacioso pescante del coche. A cada instante —y este era un medio de hacer sufrir a la familia real, inviolable gracias a una orden de la Asamblea—, a cada instante las bayonetas se dirigían hacia sus pechos; una hoz, que era en realidad la guadaña de la muerte, se alzaba amenazadora sobre sus cabezas, o una pica, deslizándose pérfida cual la serpiente, iba a morderles con su agudo dardo, y volvía con rápido movimiento a presentar su punta húmeda y enrojecida ante los ojos de su amo, satisfecho de no haber errado el golpe.
De repente, un hombre sin sombrero, sin armas y cubierto de lodo, penetra por en medio de la multitud, y después de saludar respetuosamente al rey y a la reina, se lanza a la delantera del coche y toma asiento en el pescante entre los dos guardias de corps.
La reina profirió un grito, a la vez que de temor, de alegría y de pesar.
Había reconocido a Charny.
Grito de temor, porque lo que hacía a la vista de todos era tan arriesgado, que parecía milagroso que hubiese llegado hasta el sitio en que se colocó sin ser herido.