La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Pero mayor hubiera sido su desengaño si el rey hubiese podido ver lo que pasaba en los lugares, en las aldeas adonde llegaba la noticia de la detención de la familia real. Apenas recibida, toda la población se ponía en movimiento: las mujeres tomaban en sus brazos a los niños en mantillas; las madres cogían de la mano a sus hijos si podían andar; los hombres cargaban con cuantas armas tenían, llevándolas al hombro o pendientes de la cintura, y llegaban decididos, no a escoltar, sino a matar al rey, a ese rey que en el momento de la recolección —triste recolección la de la pobre Champaña, tanto que el pueblo, con su expresivo lenguaje, la llama la ¡Champaña piojosa!— iba a buscar, para que la hollasen con los pies de sus caballos, al pandour[38] merodeador y al húsar ladrón. Pero tres ángeles guardaban el coche del rey: el pobre delfín, calenturiento y tembloroso sobre las rodillas de su madre; madame Royale, que con su esplendente belleza estaba de pie junto a la portezuela, mirando con asombro cuanto pasaba, pero sin manifestar temor, y por último, madame Isabel, que a pesar de tener ya veintisiete años, gracias a su castidad de alma y de cuerpo, parecía estar coronada de la brillante aureola de la más pura juventud. Aquellos hombres veían todo esto, y además aquella reina inclinada sobre su hijo y aquel rey abatido; entonces su cólera se desvanecía y buscaban otro objeto para desahogarse.


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