La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Mi vida es de Vuestra Majestad —dijo el viejo caballero—, y el último día de ella será el más hermoso si muero por mi rey.

Algunos oyeron estas palabras y murmuraron más alto.

—¡Retiraos, caballero, retiraos! —exclamó el rey.

Y sacando la cabeza por la portezuela, dijo:

—Amigos míos, haced el favor de dejar paso al caballero de Dampierre.

Los que se hallaban inmediatos al carruaje y oyeron las palabras del rey abrieron paso, pero un poco más lejos, caballo y jinete se vieron oprimidos; el caballero hostigó al caballo con la brida y con la espuela; más la multitud era tan compacta, que no era dueña de sus movimientos. Algunas mujeres, estrujadas en las apreturas, gritaron; un niño, asustado, rompió a llorar; los hombres levantaron los puños; el viejo, obstinado, alzó la frente, y entonces las amenazas se convirtieron en alaridos. Aquella inmensa cólera popular y leonina estalló al fin; pero el señor de Dampierre estaba ya en el lindero de aquel bosque de hombres, picó espuelas a su caballo y este franqueó valerosamente el foso, partiendo después a galope a través de las tierras. En aquel momento el anciano caballero se volvió, y con el sombrero en la mano, gritó: «¡Viva el rey!». Último homenaje a su soberano, pero supremo insulto al pueblo.


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