La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Lo que Luis XVI veía era tal vez más expresivo, aunque menos terrible, porque, como hemos dicho, un triple broquel de inocencia le preservaba contra la cólera, que recaía en sus servidores.

A legua y media de la ciudad, después de salir de Saint-Menehould, se vio llegar a campo traviesa y al galope de su caballo, un viejo hidalgo, caballero de San Luis, que ostentaba en el ojal de su casaca la cruz de la orden. El pueblo creyó, por un instante, que aquel hombre venía atraído por la curiosidad, y le dejó paso; el noble anciano se acercó a la portezuela con el sombrero en la mano, saludó al rey y a la reina, y les dio el debido tratamiento de majestades. El pueblo, que acababa de comprender dónde estaba la fuerza y la majestad física, se indignó al oír que se daba a los que llevaban prisioneros un título que se le debía a él, y empezó a murmurar y amenazar.

El rey había aprendido a conocer aquellos murmullos; los había oído en derredor de la casa en que estuvo en Varennes, y adivinaba su significación.

—Caballero —dijo al de San Luis—, la reina y yo estamos vivamente agradecidos por la muestra de adhesión que acabáis de darnos de una manera tan pública; pero, en nombre de Dios retiraos, porque vuestra vida está en peligro.


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