La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—¡Vamos —dijo Luis XVI a María Antonieta—, todo va bien!

Esta última levantó los ojos al cielo y no contestó.

En aquel momento las campanas anunciaron que la iglesia estaba abierta.

Al mismo tiempo Charny llamó a la puerta.

—Muy bien, estoy pronto —dijo el rey.

Charny dirigió una rápida mirada al rey, que estaba tranquilo y firme; había sufrido tanto, que se podía decir que a fuerza de padecer perdía su irresolución.

El coche estaba en la puerta.

El rey y la reina entraron en él rodeados de una inmensa multitud no menos considerable que la de la víspera, y que en vez de insultar a los prisioneros sólo deseaba una palabra o una mirada, creyéndose todos felices si podían tocar los faldones de la casaca del rey, y orgullosos si conseguían besar el borde del vestido de la reina.

Los tres oficiales volvieron a ocupar su sitio en el pescante.

El cochero recibió orden de dirigirse a la iglesia, y obedeció sin hacer la menor observación.

Además, ¿quién podía dar la contraorden? Los dos jefes estaban aún ausentes.


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