La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Buscóse a Drouet y a Billot para informarles de los deseos del Rey; pero fue en vano, pues no se encontró ni a uno ni a otro.
Nada se oponía, pues, a que se cumpliese este deseo de Su Majestad.
Charny subió a la habitación del rey y le anunció la ausencia de los dos jefes de la escolta.
Luis XVI se regocijó, pero Charny movió la cabeza; si no conocía a Drouet, en cambio sabía quién era Billot.
Sin embargo, los augurios parecían favorables; las calles estaban llenas de gente, y era fácil conocer que toda la población simpatizaba con la causa realista. Mientras que las ventanas de la habitación del rey y de la reina permanecieron cerradas, toda la multitud, temerosa de turbar el reposo de los reyes, había circulado sin hacer ruido y levantando las manos y los ojos al cielo; la concurrencia era tan numerosa que casi no se veían diseminados en ella los cuatrocientos o quinientos campesinos que no habían querido volver a sus pueblos.
Pero desde el momento en que se abrieron las ventanas de los augustos esposos, los gritos de «¡Viva el rey!», y «¡Viva la reina!», resonaron con tal energía, que sin haberse consultado salieron cada uno y a la vez a un balcón.
Entonces los gritos fueron unánimes, y las dos víctimas del destino pudieron tal vez hacerse ilusiones.