La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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El conde les recomendó que vistiesen el uniforme y se hallasen a caballo en la puerta de la iglesia en el momento de la salida del rey.

Los guardias se disponían a ejecutar esta orden. Según hemos dicho, algunos paisanos que la víspera habían formado parte de la escolta del rey, no se retiraron la noche anterior por estar cansados; pero al día siguiente, calculada la distancia, vieron que unos estaban a diez y otros a quince leguas de sus casas, y ciento o doscientos se marcharon, a pesar de las instancias de sus compañeros. Así es que los fieles se hallaron reducidos a cuatrocientos o cuatrocientos cincuenta hombres todo lo más.

Se podía contar con igual número por lo menos de guardias nacionales identificados con el rey, prescindiendo de los guardias reales y de los oficiales que debían reclutarse; todos juntos componían una especie de batallón sagrado, dispuesto a dar ejemplo exponiéndose a todos los peligros.

Sabido es que, además de esto, la ciudad era aristocrática.

A las seis de la mañana del día siguiente, los habitantes más celosos por la causa del rey estaban ya en pie y esperando en el patio de la intendencia. Charny y los dos guardias estaban en medio de ellos.

El rey se levantó a las siete y dijo que tenía intención de asistir a la misa.


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