La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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La misa duró justamente el tiempo indicado, y sin embargo, Charny consultó el reloj más de veinte veces, sin poder ocultar su impaciencia. La reina, de rodillas entre sus dos hijos, tenía la cabeza apoyada en el reclinatorio; madame Isabel estaba tranquila y serena como una virgen de alabastro: ya fuese porque ignoraba el proyecto, o porque hubiese encomendado su vida y la de su hermano al Señor, no manifestaba la menor impaciencia.

En fin, el sacerdote se volvió y pronunció las palabras sacramentales: ite missa est.

Y al bajar del altar con el Santo Copón en las manos, bendijo al paso al rey y a la familia real. Estos se inclinaron, contestando al deseo que formulaba el corazón del sacerdote con la palabra Amén.

En seguida se dirigieron a la puerta.

Todos cuantos habían oído misa con la familia real se arrodillaron al pasar el rey y la reina, y sus labios movíanse sin emitir el menor ruido; mas era fácil adivinar lo que pedían.

En la puerta de la iglesia se hallaban diez o doce guardias a caballo.

La escolta realista comenzaba a tomar proporciones colosales.


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