La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Sin embargo, era evidente que los campesinos, con su enérgica voluntad, con sus armas, tal vez menos mortales que las de los hombres de las ciudades, aunque más terribles a la vista —la tercera parte de ellos estaban armados de fusiles, y los restantes de hoces y de lanzas—, era evidente, decimos, que en un momento decisivo, los paisanos podían tener en la balanza un peso mortal.

No sin cierto temor, Charny se inclinó hacia el rey, a quien se pedían órdenes, y le dijo para animarle:

—¡Vamos, señor!

El rey estaba decidido.

Asomó la cabeza por la ventanilla del coche, y dirigiéndose a los que estaban próximos, les dijo:

—Señores, en Varennes se me ha violentado; yo di la orden de ir a Montmédy y se me ha obligado por la fuerza a dirigirme a una ciudad insurrecta; pero ayer me hallaba en medio de rebeldes y hoy estoy entre leales súbditos. Lo repito, señores: ¡a Montmédy!

—¡A Montmédy! —gritó Charny.

—¡A Montmédy! —repitieron los guardias de la compañía de Villeroy.

—¡A Montmédy! —dijo la guardia nacional de Châlons.

A estas palabras siguió un grito general de «¡Viva el rey!».


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