La Condesa de Charny
La Condesa de Charny El coche dobló la esquina y tomó el camino que había recorrido la víspera.
Charny observaba toda aquella multitud de los pueblos que, en ausencia de Billot y de Drouet, parecía estar mandada por el guardia francés que había estado de centinela a la puerta del rey; y siguió e hizo seguir silenciosamente el movimiento a sus hombres, cuyas miradas sombrías indicaban bastante que no era de su gusto la maniobra que se ejecutaba.
Pero dejaron pasar toda la guardia nacional, agrupándose en la retaguardia.
En las primeras filas iban los hombres armados de picas y de hoces.
Seguían ciento cincuenta hombres, poco más o menos, armados de fusiles.
Esta maniobra, tan bien ejecutada como si la hubiesen hecho personas prácticas en el ejercicio, inquietó a Charny; pero no tenía medio alguno de oponerse, y desde el sitio en que se hallaba no le era posible tampoco pedir la explicación. Sin embargo, muy pronto la obtuvo.
A medida que se avanzaba hacia la puerta de la ciudad pareció que, a pesar del ruido del coche y de los rumores y gritos de los que le acompañaban, se oía algo como un redoble de tambor que iba en aumento.