La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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De repente Charny palideció, y apoyando su mano sobre la rodilla del guardia de corps que tenía junto a sí, díjole:

—¡Todo se ha perdido!

—¿Por qué? —preguntó el guardia de corps.

—¿No comprendéis qué ruido es ese?

—Parece redoble de un tambor…

—¡Pues bien, ya veréis! —contestó Charny.

En aquel momento doblaron la esquina de una plaza.

Dos calles desembocaban en ella; la de Reims y la de Vitry-le-Français.

Por cada una de ellas, con los tambores a la cabeza y las banderas desplegadas, avanzaban dos fuerzas considerables de guardias nacionales.

Una de ellas se componía de mil ochocientos hombres poco más o menos, y la otra de mil quinientos a tres mil.

Cada una de estas dos tropas parecía mandada por un jinete.

Uno de ellos era Drouet y el otro Billot.

Charny no necesitó más que ver la dirección seguida por cada tropa para comprenderlo todo.

La ausencia de Drouet y de Billot, incomprensible hasta entonces, se explicaba ahora demasiado claramente.


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