La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Pero desde el instante en que se alejaba de ella, la distancia producía su efecto ordinario, amortiguando los más vivos matices, desvaneciendo los contornos más vigorosos. Entonces el aire lento y frío de Andrea se animaba; sus palabras graves y contenidas eran sonoras; las miradas mudas le hacían dilatar sus párpados y arrojar una llama húmeda y devoradora; parecía entonces a Charny que un fuego interior ardía en el corazón de la estatua, y que al través del alabastro de sus carnes, veía circular la sangre y latir el corazón.
¡En aquellos momentos de ausencia y soledad, Andrea era la verdadera rival de la reina! Ya hemos dicho que Isidoro era para Charny más querido de lo que Jorge lo había sido nunca; y hemos visto que el conde no había tenido el placer de llorar sobre su cadáver, como lo había hecho con su hermano Jorge.
Ambos habían caído, uno después del otro, por aquella mujer fatal, por aquella causa llena de abismos. Por la misma mujer y en un abismo igual, Charny debía igualmente caer a su tiempo.
Hacía ya dos días, desde la muerte de su hermano, desde el último abrazo que dejó su ropa teñida en sangre y sus labios tibios con el último suspiro de la víctima; desde la hora misma en que el señor de Choiseul le entregó los papeles que se hallaron en el bolsillo de Isidoro, apenas había podido consagrar un instante a tamaño dolor.