La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La seña de la reina indicándole que se alejase, era para él un favor, y lo aceptó como un beneficio.
Desde aquel momento había estado buscando un rincón, un sitio, un retiro en donde, al mismo tiempo que pudiese acudir al socorro de la familia real, le fuese dado, sin embargo, hallarse encerrado con su dolor y aislado con sus lágrimas.
Halló una buhardilla en lo más alto de la escalera, donde velaban los señores de Malden y de Valory.
Solo, encerrado allí, sentado a una mesa, alumbrado por un velón de cobre con tres mecheros, como se ven aún en el día en algunas antiguas casas de ciertas aldeas, sacó de su bolsillo los papeles teñidos en sangre, únicas reliquias que le habían quedado de su hermano.
Con la cabeza en ambas manos, con los ojos fijos en las cartas en donde aún vivían las ideas del que ya no existía, dejó por algún tiempo correr por sus mejillas abundantes y silenciosas lágrimas.
Al fin dio un suspiro, levantó la cabeza, y tomó y desdobló una carta.
Esta carta era de la pobre Catalina.
Hacía muchos meses que Charny sospechaba las relaciones de Isidoro con la hija del labrador, cuando en Varennes Billot tomó a su cargo el contárselo con todos sus detalles; sólo después de esta narración fue cuando Charny dio al asunto la importancia que merecía.