La Condesa de Charny

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Capítulo CIII

Al subir al coche, el rey y la reina notaron con sorpresa que en la calle no había más gente que la del pueblo para verlos salir, ni otra escolta para acompañarlos que soldados de caballería.

Esto era igualmente debido a Barnave, quien sabía lo que la reina, caminando al paso, había sufrido con el calor el polvo, los insectos, la turba y las amenazas dirigidas a sus guardias y a sus fieles servidores que venían a darla el último adiós; fingió que había recibido la noticia de una invasión, que el señor de Bouillé había entrado en Francia con cincuenta mil austríacos, y que, por consiguiente, contra estos debía marchar toda persona capaz de manejar un fusil, una hoz, una pica o un arma cualquiera; todo el pueblo había acudido a este llamamiento, y volvieron atrás.

Puede decirse que entonces existía en Francia un verdadero odio contra los extranjeros, y tan poderoso, que sobrepujaba al que se había declarado al rey y la reina; principalmente a esta, a quien le imputaban el gran crimen de ser extranjera.

María Antonieta adivinó quién era el autor de este nuevo beneficio, y la palabra no es exagerada. Con una mirada dio las gracias a Barnave.


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