La Condesa de Charny
La Condesa de Charny «—Vamos, vamos, señor de Charny, tal vez haya hecho mal en hablaros de eso; pero obro siempre bajo el impulso de mi corazón, y este me aconseja hacer lo que hago. Id, pues, en busca de nuestra querida Andrea, Conde, porque si las personas amadas por nosotros no pueden consolarnos, por lo menos, nos acompañarán en nuestro dolor, llorando con ellos lo cual es siembre un gran alivio».
—Y he aquà cómo he venido —continuó Charny—, en cumplimiento de una orden del Rey, señora… por lo cual espero que me dispensaréis.
—¡Ah!, caballero —exclamó Andrea levantándose vivamente y ofreciendo sus manos a Charny. ¿Podéis dudar de ello?
El Conde cogió presuroso aquellas manos entre las suyas y estampó en ellas sus labios.
Andrea dejó escapar un grito, como si aquellos labios hubieran sido de fuego candente, y volvió a caer en el canapé.
Pero sus manos contraÃdas parecÃan haberse adherido a las de Charny, de modo que al caer sentada atrajo consigo al Conde, que sin que ella lo hubiese querido, ni él tampoco, se vio a su lado.