La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Sin duda aquella imagen de Charny expirando a su vez como sus dos hermanos, era un espectáculo demasiado terrible para la imaginación de María Antonieta, pues profiriendo un ligero grito dejó escapar su librito de memorias y fue a caer vacilante sobre un sillón.

Los dos guardias se precipitaron hacia ella, mientras que Charny, recogiendo el librito, apuntaba el nombre y las señas de Catalina Billot y le dejaba sobre la chimenea.

La reina hizo un esfuerzo y volvió en sí.

Entonces los jóvenes, comprendiendo que después de semejante emoción desearía estar, sola, retrocedieron un paso para despedirse.

Pero la reina extendió la mano hacia ellos.

—Señores —dijo—, espero que no os marcharéis sin besarme la mano.

Los dos guardias se adelantaron en el mismo orden con que se habían escrito sus nombres y señas, el señor de Malden primero y después el señor de Valory.

Charny se acercó el último. La mano de la reina estaba temblorosa esperando aquel beso, para obtener el cual había ofrecido seguramente los otros dos.

Mas apenas los labios del conde tocaron aquella hermosa mano; tanto le parecía un sacrilegio besarla llevando sobre sí la carta de Andrea.


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