La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¿Por qué bajar los vidrios? —gritaron diez voces furiosas.
—¡Ved, señores —dijo la reina—, ved en qué estado se hallan mis pobres hijos!
Y enjugando el sudor que corrÃa por sus mejillas, añadió:
—¡Nos ahogamos!
—¡Bah! —contestó una voz—, ¡eso no es nada; ya te ahogaremos de otro modo!
Y de un puñetazo, el que hablaba hizo saltar el vidrio en pedazos.
Sin embargo, en medio de aquel espectáculo terrible, algunos episodios hubieran consolado al rey y a la reina si la expresión del bien hubiera llegado hasta ellos tan fácilmente como la del mal.
A pesar del aviso que prohibÃa saludar al rey, el señor de Guilhermy, individuo de la Asamblea, se descubrió al pasar aquel, y como se quisiera obligarle a ponérsele, arrojóle lejos de sÃ, diciendo:
—¡Qué se atrevan a traérmelo!
A la entrada del puente giratorio se encontraron veinte diputados que la Asamblea enviaba para proteger al rey y a la familia real.
Después apareció Lafayette con su Estado Mayor.
El general se acercó al coche.
—¡Oh!, señor de Lafayette —exclamó la reina apenas le vio—, ¡salvad a los guardias de corps!