La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La recomendación no era inútil, pues se aproximaba el peligro y este era muy grave.
Durante algún tiempo se presenció en las puertas del palacio una escena que no dejaba de tener cierta poesÃa. Cinco o seis damas de la reina, que después de la fuga de su señora salieron de las TullerÃas creyendo que su ama no volverÃa ya, quisieron entrar para recibirla.
—¡Atrás! —gritaban los centinelas, presentando las puntas de sus bayonetas.
—¡Esclavas de la austrÃaca! —vociferaban las vendedoras de pescado, mostrando sus puños.
Entonces, a través de las bayonetas, arrostrando las amenazas de las vendedoras de la plaza, la hermana de la señora Campan dio algunos pasos hacia delante.
—¡Escuchad! —exclamó—, he servido a la reina desde la edad de quince años; me dotó, proponiéndome esposo; estuve a su lado cuando era poderosa; ¿ahora que es desgraciada la he de abandonar?
—¡Tiene razón! —gritó el pueblo—. ¡Soldados, dejadla pasar!
A esta, orden, dada por el amo a quien ninguno se resistÃa, los centinelas dejaron el paso libre.
Un instante después la reina pudo verlas agitando sus pañuelos en la ventana del primer piso.