La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Sin embargo, el coche rodaba siempre, impeliendo ante sà una oleada de pueblo y una nube de polvo, como un barco a la deriva empuja ante sà las olas del Océano y una nube de espuma: la comparación es tanto más exacta cuanto que jamás náufragos se vieron amenazados por un mar tan proceloso como el que se disponÃa a sepultar a la desgraciada familia en el momento en que intentase penetrar en las TullerÃas, que eran para los prisioneros la orilla.
—¡Oh!, señores —dijo otra vez la reina, pero dirigiéndose ahora a Pétion ya Barnave—, ¡los guardias de corps, los guardias de corps!
—¿No tenéis ninguna persona a quien recomendarme más particularmente que a esos caballeros? —preguntó Barnave.
La reina le miró fijamente y contestóle:
—¡A nadie!
Y exigió que el rey y sus hijos saliesen primero.
Los diez minutos que entonces transcurrieron fueron seguramente para ella los más crueles de su vida, sin exceptuar los que la condujeron al cadalso.
Estaba convencida, no de que iba a ser asesinada —la muerte significaba poco—, sino de que la iban a entregar al pueblo como un juguete, o a encerrarla en alguna prisión de donde no saldrÃa sino por la puerta de un proceso infame.